Son las 4:30 de la mañana, no recuerdo en que momento empecé a caminar en compañía de la niebla, me dirigía sin saberlo a lo que llamaría un instante. Hacía frío y me sentía un poco nervioso, poco a poco comencé a reconocer a los otros, que al igual que yo viajaban a algo desconocido, grande y misterioso...
La luna brillaba en nuestros ojos, el fuego nos hablaba de sus historias y sus victorias, mientras el aire palpitaba fuertemente en el corazón. La tierra nos soplaba a los oídos una melodía de nostalgia, un grito-temblor llenaba nuestro espíritu, que buscaba en las alturas alguna revelación animal, un mundo paralelo de granito, algún zenote galáctico que nos condujera por el inframundo de nuestros laberintos existenciales...
Samuel Ochoa

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